flayer gijón

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Dazzle Mirror, 2018

160 x 110 cm c/u

acrílico sobre papel espejado.

 

Una nota acerca de la obra de Jorge García y sus espacios de resistencia

ante la idiocracia y el panóptico. Por Avelino Sala

“Entender el arte como una purga, significa subvertir aquellos términos que llevaron a considerar la parte creativa como un simple dejarse llevar, a través de una danza que todo tiene que ver con la realidad que nos configura. En esa dirección, la arquitectura defensiva de Jorge García está en mostrar la realidad como un espejo donde ser conscientes de que, a pesar de una cierta agonía, no debemos perder aquellas formas que nos constituyen como sujetos políticos, deslizando el sentido de una comunidad por venir.”

José Luis Corazón Ardura

En el diccionario de los símbolos, Cirlot nos muestra el cuchillo como aquello que constituye la inversión de la espada, asociado a las ideas de venganza y muerte pero también a las de sacrificio. La corta dimensión de la hoja de éste representa analógicamente la primariedad del instinto que lo maneja. Ese cuchillo ha aparecido en algunas de las últimas obras de Jorge García. Quizás en su obra subyace ese sacrificio, el que ejerce cada artista por ser precisamente eso, o lo que es lo mismo, dedicarse solo al arte. Si la obra de todo artista plástico es ya de por sí un ejercicio de resistencia vital, en el caso de Jorge García lo es sobre manera, pues su obra se centra en la defensa de los valores del ser humano en sus múltiples facetas. La obra de este artista tiene algo de carácter de bunkerización, una suerte de ejercicio “militar” que nos lleva a la resistencia simbólica desde el arte. Remarcando en sus series de papeles negros y plateados o de espejo, la estupidez de una sociedad occidental que cae en picado a niveles delirantes. La violencia está cada vez mas cerca, antes la veíamos en la tele, lejos, al medio día, pero cada vez se acerca más a nuestras casas. Deberíamos expurgarnos, hacernos una limpieza, cubrirnos, protegernos. No sabemos si a la manera del “Quimérico inquilino” al estilo de Polanski o como Bruno Gasz en el Hundimiento de Joachim Fest. Quizás el nivel de protección sublime al que recurre Jorge García es el de los movimientos sociales actuales, esos que han despertado en estos últimos años y con los que nos hemos atrevido a soñar peligrosamente, según Zizek.

Es probable que ese estadio del espejo Lacaniano al que acude Jorge García haga que nos veamos como tipos trajeados pero sin cara, porque todos tenemos la misma jeta. Mientras que a nuestro alrede- dor surgen las banderas negras, las rejas y las sogas, y en ese momento es cuando nos empezamos a dar cuenta de el lugar en el que nos encontramos y nos revelamos a nosotros mismos, esa imago en la que nos hacemos autocoscientes, es una pesadilla. La distopía actual que no deja de ser una vuelta de tuerca a lo que podría denominarse como el capitalismo desalmado. En ese plano más profundo del cap- italismo se nos muestra Jorge García, purgando esos ejercicios perversos del sistema, de un capitalismo que se autofagocita por su propio éxito. Las piezas de Jorge García son una muestra de lo simbólico resistente que mete el dedo en la llaga ante la pasividad de una sociedad sumida en el Prozac. Arte como terapia, como cuña que pueda romper la beta, para que todo cambie, por que el artista todavía intenta cambiar el mundo, ardua tarea, pero posible.

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